Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Volver

Promoción 1981.2 Libro 2 - Memorias que faltaban

Descripción

Donde comprar: https://amzn.eu/d/09UtzVeK

El primer tomo tuvo un efecto inesperado: los protagonistas reales lo leyeron. Y confirmaron algo que yo sospechaba, pero no podía garantizar: que al menos el 80% de lo contado era cierto. El resto lo completó la memoria, que es un archivo con agujeros.

El alivio trajo una consecuencia lógica: aparecieron más historias. Recuerdos que yo tenía a medias, o que directamente no tenía. Algunos volvieron como fotos. Otros como rumores. Otros como frases sueltas que te dejan pensando dos días.

Este segundo tomo reúne esos episodios: una excursión al Borda donde el sistema nervioso se enseña con cabezas abiertas, una guerra de naranjas en clase de inglés, un cura que come cebollas crudas y pide perdón por sus consecuencias, un profesor que hace saltitos cuando se enoja y te llama "zoquete oloroso", un viaje a la frontera donde trabajamos dos horas en toda la semana, y un intento de recital con León Gieco que termina con mi padre contando chistes en el escenario.

Son historias de un colegio religioso en Buenos Aires, entre los años 70 y 80. Un lugar donde la disciplina era fuerte pero el sistema era humano. Y los sistemas humanos tienen una falla: si actuás como si tuvieras permiso, muchas veces te lo dan.

No hay nombres propios. Hay apodos, escenas y distancia. Si alguien se siente tocado, le pido disculpas: no es el objetivo. El objetivo es recordar y reírnos un poco, antes de que se pierdan los detalles.

Como en el primer libro: memoria, humor y la verdad posible.

 

Capítulo 1 — Village People

 

Una vez por semana teníamos misa en horario de clase.

Lo escribo así, simple, para que se entienda el nivel de absurdo: en lugar de matemáticas o historia, misa. En el medio de la mañana. Con asistencia obligatoria, como si Dios pasara lista.

A mí me parecía aburridísima.

No por rebeldía. Por logística: yo no sabía qué hacer con mi cuerpo sentado tanto tiempo mientras un hombre hablaba en un idioma que no era latín pero tampoco era humano. El sermón tenía ese tono uniforme que te arrulla o te mata, y yo —como casi todos— entraba en un estado entre sueño y resentimiento.

La misa además estaba abierta a los vecinos del barrio.

Venían algunos, pocos, pero venían. Gente grande, prolija, con cara de “esto se respeta”. Ocupaban los bancos de adelante como si fuera su territorio, y nosotros quedábamos atrás, en bloque, como un coro de adolescentes forzados.

Y había un detalle técnico que era la frutilla del pastel:

No había música en vivo.

No órgano. No guitarra. No nada.

Había una vieja grabadora de cassette.

Una de esas grabadoras con botones grandes, ruidosos, que para arrancar el “play” hacían clac como si estuvieras detonando algo. Ahí estaba el dispositivo sagrado del colegio: el milagro mecánico que reemplazaba a los coros.

El cura dependía de ese aparato como si fuera el Espíritu Santo.

En los momentos “oportunos” —que para mí eran misteriosos, pero para él parecían estar cronometrados— el cura le hacía una seña a un viejo vecino que lo ayudaba.

El vecino estaba siempre cerca, como un monaguillo externo, un asistente litúrgico no oficial. Tenía esa cara de hombre que no quiere problemas: mira fijo, obedece, apaga y prende.

El cura levantaba la mano.

El vecino apretaba el botón.

Y sonaba música religiosa desde un cassette que probablemente ya venía gastado desde la época de San Martín.

Hasta ahí, rutina. Aburrida, pero rutina.

Y en todo sistema rutinario, tarde o temprano, aparece la pregunta clave:

¿Y si…?

No sé a quién se le ocurrió. Y si lo supiera, no lo diría. Hay travesuras que funcionan mejor sin autor. Se vuelven leyenda.

Alguien cambió el cassette.

En vez del cassette religioso, puso uno de Village People.

El cambio debió ser en algún momento previo, con esa delicadeza criminal que tienen las mejores operaciones: nadie ve nada, nadie sospecha nada, y el objeto queda ahí esperando.

Llegó la misa.

Lo de siempre: vecinos adelante, alumnos atrás, cura en modo homilía, yo mirando el techo como quien mira una pared.

Hasta que llega el momento oportuno.

El cura hace la seña.

La seña sagrada.

La seña de encender al Espíritu Santo mecánico.

El viejo vecino, fiel, apretó el botón.

Y de pronto, en una iglesia, empezó a sonar:

Y-M-C-A…

No fue un sonido. Fue una ruptura.

Porque YMCA no entra en un templo: entra como un camión. Con brillos, con ritmo, con ese entusiasmo ridículo que no pide permiso. Fue como si alguien hubiera abierto una puerta lateral y hubiera entrado una fiesta disfrazada.

Yo no sé cuánto duró el primer segundo, pero a mí me pareció eterno.

Los alumnos tardamos nada en entender.

Primero una risa contenida. Después explosión. Después carcajadas que rebotaban en los bancos como si la acústica de la iglesia estuviera diseñada para eso.

Los vecinos del barrio se espantaron.

No “se incomodaron”. Se espantaron. Hubo caras de horror genuino, como si en vez de Village People hubiera sonado el himno del Diablo. Señoras persignándose rápido. Hombres mirando al cura como diciendo “¿qué clase de institución es esta?”

Y el cura… el cura vivió su propio Apocalipsis.

Se dio vuelta, desesperado, y empezó a hacer señas.

Señas grandes, violentas, urgentes.

No la seña elegante de “ahora música”.

La seña de “APAGUE ESA COSA YA”.

Parecía dirigir un incendio.

Pero el viejo vecino estaba en otra.

No sé si estaba distraído, si no entendía, si su cerebro tardó en procesar que Dios había sido reemplazado por disco. Lo cierto es que no reaccionaba.

Y eso lo volvió todavía más perfecto.

Porque el cura haciendo señas frenéticas y el vecino sin registrar era, para mí, la imagen definitiva del colegio: autoridad gesticulando, realidad ignorando.

Los alumnos reíamos como si nos hubieran dado oxígeno.

Fue el momento más místico que viví en una iglesia.

No por la canción.

Por la verdad que reveló:

Que lo sagrado depende de un cassette.

Que el respeto es frágil.

Que la solemnidad es un decorado y basta un botón para que se caiga.

Finalmente, en algún punto, el aparato se apagó. No sé si por intervención humana o porque el universo se cansó.

La misa siguió.

Sin música.

Como debía ser, según el protocolo.

Pero ya estaba arruinada.

No por nosotros. Por algo más grave: porque nos había mostrado el truco.

Y cuando ves el truco, la magia no vuelve.

El cura habló igual. Los vecinos trataron de recomponerse. Nosotros intentamos poner cara de “yo no fui”, aunque el cuerpo te delata: cuando te reís así, quedás vibrando.

Terminó la misa.

Nos levantamos.

Y durante días, cada vez que alguien decía “misa”, a alguien se le escapaba una sonrisa.

Porque una vez, por un instante, la iglesia fue honesta.

Sonó lo que realmente éramos: un grupo de adolescentes obligados a estar ahí, esperando una fisura.

Y la fisura, ese día, se llamó YMCA.