Descripción
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Un colegio, un fortín, y una promoción que aprendió a sobrevivir.
En Buenos Aires, detrás de paredes de dos metros, la Promoción 1981 descubre que la escuela puede parecerse a un reformatorio encubierto: curas de mecha corta, profesores imprevisibles y reglas hechas para romperse. Con humor negro y memoria honesta, el autor cuenta escenas que hoy son fábulas torcidas: la confesión usada para salir de clase, el banco volador en inglés, el Gamexan “desinfectando” un examen, los apodos que ordenan el ecosistema y el sheriff entrando al bar con sus alguaciles.
¿Qué queda cuarenta y cinco años después?
- La risa compartida y las reglas no escritas.
- El aprendizaje real: leer sistemas, personas y silencios.
- Una mirada sin ajuste de cuentas: memoria, distancia y humor.
Para quién es: lectores de memorias y no ficción, quienes vivieron colegios religiosos, y todo el que quiera entender cómo se forjan códigos de supervivencia adolescente en los años 80.
Capítulo 1 — El colegio
No voy a dar el nombre del colegio. No es el objetivo del libro. El nombre no importa. Importa el entorno, las capas, las referencias que ayudan a entender por qué ese lugar era lo que era.
Primero estuvo la parroquia. La iglesia se fundó alrededor de 1870, cuando todo eso era campo abierto. No barrio. No ciudad. Campo. A varios kilómetros de lo que entonces era Buenos Aires, que apenas ocupaba unas pocas manzanas apretadas alrededor del puerto.
La zona estaba habitada por indígenas: pampas, querandíes, ranqueles, salineros y otros. Algunos convivían en relativa calma. La mayoría no. Eran violentos ante la ocupación de sus tierras, y no les faltaban razones. La frontera era difusa. La tensión, constante.
Después vino el colegio. En 1891.
Iglesia y escuela se levantaron con paredes de dos metros de espesor. No es una exageración ni una metáfora: dos metros reales, de ladrillo y cal. El general Roca los llamaba el fortín del Oeste. No como figura poética, sino como descripción funcional. Eran eso: un fortín.
Un puesto avanzado de civilización, fe y orden en un territorio que todavía no lo era.
Para dar una idea del contexto: la zona que hoy se llama Caballito tenía en 1850 apenas veinte habitantes. En 2022, más de doscientos mil. Hoy, el colegio y la parroquia ocupan una manzana completa, rodeados de edificios, colectivos, semáforos y ruido. Pero debajo de todo eso hay otra cosa.
Capas.
Campo. Frontera. Fortín. Disciplina.
Visto a la distancia, mi experiencia en ese colegio parece atravesada por algo más antiguo que los programas de estudio o los reglamentos internos.
A veces pienso —sin afirmarlo del todo, pero sin descartarlo— que los espíritus guerreros de los indígenas de antaño se filtraban por esas paredes gruesas y se nos metían en la cabeza cuando cruzábamos la puerta.
Como si, sin saberlo, al entrar a la escuela lucháramos contra la ocupación cristiana. No con lanzas ni boleadoras, sino con caos, desobediencia, humor negro, fuego, humo y pupitres volando.
Tal vez por eso nada ahí era del todo pacífico. Tal vez por eso la autoridad necesitaba golpes. Tal vez por eso el respeto era tan raro y tan valioso cuando aparecía.
No lo sé con certeza. Pero algo estaba ahí antes que nosotros.
Y cuando entramos, lo despertamos.
Promoción 1981 es una crónica realista y desopilante de la educación más potente: la que ocurre fuera del programa, puertas adentro.