La burocracia como enemiga de la meritocracia
Hay una paradoja que me persiguió mientras escribía Los Hijos del Mérito: el mayor enemigo de la meritocracia no es el privilegio de sangre. Es la burocracia.
El privilegio de sangre es al menos honesto. La burocracia llega disfrazada de solución. Promete que lo que importa es la capacidad. Después construye sellos, certificaciones y recorridos obligatorios que terminan midiendo, sobre todo, la habilidad de seguir ese recorrido.
En el libro inventé a Kemethos: un proveedor de reactivos en Alejandría que sabe más de transmisión de fuerza que los ingenieros del Atheneum, llega con tres años de pruebas silenciosas al mostrador correcto y escucha una sola frase: acá debería estar el sello de egresado. No hay revisión técnica. Solo la línea vacía donde falta el papel que nunca pudo conseguir.
No lo inventé por capricho. Mi padre quedó huérfano de chico en Argentina y se las tuvo que arreglar solo. Aprendió a reparar lo que otros no podían. Pasó décadas siendo más útil que muchos hombres con título, sin que ningún papel lo certificara.
La pregunta que Kemethos le deja a la Roma de mi novela sigue vigente: ¿cuántas veces un sistema que dice premiar el mérito termina premiando, en realidad, la habilidad de navegar sus propios formularios?