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ANOMALÍA #001 Los reclutados del sueño

Ciencia ficcion

Descripción

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Cerrar los ojos no es descansar. Es registrar la hora.
Para la mayoría, dormir es una pausa, un refugio donde la mente reposa. Para él, es un segundo trabajo.
El narrador de esta historia vive dos vidas superpuestas. De día, es solo un empleado más en una oficina gris. De noche, un sistema invisible lo recluta sin previo aviso para resolver conflictos en escenarios imposibles: guerras en ruinas, accidentes aún no ocurridos, situaciones extremas que exigen una eficiencia brutal.
Allí no hay miedo. No hay dudas. Solo ejecución.
Pero todo cambia la noche en que descubre una grieta en el sistema: una técnica mínima —tres puntos de luz tras los párpados— le permite entrar con lucidez.
Por primera vez, puede elegir. Puede anticipar. Puede decidir no atacar. Pero su consciencia es un virus para el sistema, y la lucidez tiene un precio. A medida que se desmoronan los límites entre la vigilia y el sueño, y extrañas presencias comienzan a observarlo desde los rincones de su habitación, debe enfrentarse a la pregunta más peligrosa de todas:
¿Qué sucede cuando el empleado decide dejar de obedecer?
TURNO LARGO es una novela inquietante sobre la realidad, el control y el terror burocrático de descubrir que somos útiles para algo que no entendemos.

Capítulo 1 — La otra vigilia

No despierto cuando me duermo.
Continúo.

El error más común es creer que el sueño es una interrupción. Para mí nunca lo fue. Hay un momento —difícil de ubicar en el reloj— en el que el cuerpo se rinde y otra cosa toma el control. No cambia el ritmo. No cambia la conciencia. Solo cambia el peso.

Allí todo pesa distinto.

No recuerdo cuándo empezó. Tampoco importa. Nadie recuerda el primer día que aprende a respirar. Lo que importa es que ocurre cada vez que cierro los ojos con la intención correcta. No siempre funciona. Pero cuando funciona, no hay transición. No hay caída. No hay imágenes sueltas esperando sentido.

Hay continuidad.

Abro los ojos y ya estoy de pie.

No hay señal de inicio.
La batalla ya está ocurriendo cuando llego.

El primer impacto lo siento en el antebrazo. No duele: informa. El escudo vibra, absorbe, responde. Giro el cuerpo antes de pensar en hacerlo. A la izquierda, una figura alta, demasiado articulada para ser humana. A la derecha, el sonido de metal que no fue forjado sino ensamblado.

No miro rostros. No sirve.

Avanzo dos pasos, bajo el centro de gravedad y empujo. El enemigo retrocede porque no espera resistencia sostenida. Casi ninguno la espera. Están acostumbrados a que huyan, a que fallen, a que duden. Yo no hago ninguna de las tres cosas.

El arma pesa lo justo. Siempre pesa lo justo. Cuando impacta, el movimiento continúa. No hay pausa celebratoria. No hay furia. Solo corrección: si el golpe entra mal, el siguiente entra mejor.

El suelo tiembla. No por explosiones, sino por cuerpos cayendo con peso real. Escucho gritos que no reconozco como lenguaje. Tampoco intento entenderlos. Aprendí hace tiempo que entender al enemigo es un lujo que se paga caro.

Uno se me acerca demasiado. Lo dejo. Lo uso. Cuando cae, el espacio que deja abierto es más importante que su muerte.

Alrededor, otros luchan. Algunos pelean bien. Otros sobreviven apenas. Distingo a los que no van a volver por cómo se mueven: demasiado rápidos, demasiado desesperados, como si supieran que esta vez no hay regreso.

Yo sigo.

No cuento bajas. No cuento tiempo. El combate termina cuando deja de haber resistencia organizada. Siempre es así. Un segundo antes hay caos; un segundo después, silencio irregular.

Respiro. No porque lo necesite, sino porque corresponde.

Miro mis manos. No están manchadas, aunque deberían estarlo. De este lado la sangre no insiste. Se va rápido, como si no quisiera ser recordada.

Entonces siento la llamada inversa.
No una orden.
Una soltura.

Y sé que es hora de volver.

El aire es seco. Viejo. Huele a metal, a piedra caliente, a algo que estuvo vivo y ya no. El suelo no es regular. Nunca lo fue. Aprendí a caminar sin mirarlo. Aprendí a correr sin pensar en las piernas. El cuerpo que uso allí no se parece del todo a este, pero responde mejor. No duda.

Nunca dudó.

No siento miedo.
No porque sea valiente.
Porque el miedo no sirve donde voy.

La primera vez que entendí eso fue después de una batalla. No sabría decir cuántos éramos ni contra quién peleábamos. Esos detalles no se fijan en la memoria como uno espera. Quedan las acciones. Los movimientos precisos. La forma en que el enemigo cae cuando el golpe es correcto. La certeza de que si vacilás, no volvés.

Después de esa noche me desperté acá, en esta cama, con el corazón calmo. Sin sobresalto. Sin sudor. Me levanté, me lavé la cara y fui a trabajar.

Durante el día soy una persona normal. Eso también es importante decirlo. Camino por la calle, hablo con otros, cumplo horarios. Nadie nota nada extraño. Yo tampoco lo busco. No hay marcas visibles de lo que hago cuando duermo. Solo un cansancio distinto, más profundo, como si hubiera usado músculos que no existen de este lado.

A veces me preguntan si sueño.
Digo que sí.
Es más fácil.

Pero no sueño como los demás. No persigo imágenes. No huyo. No caigo desde lugares imposibles. No me despierto con alivio. Cuando regreso, regreso como quien vuelve de un turno largo. Con la cabeza llena de silencios y las manos que todavía recuerdan.

No elegí ser un guerrero.
Tampoco sé quién lo hizo por mí.

Solo sé que cada noche, si cierro los ojos y no me resisto, alguien me espera. Y que del otro lado no soy una versión simbólica de mí mismo. No soy una metáfora. No soy un deseo.

Soy útil.

Y eso, con el tiempo, empieza a pesar más que el sueño.